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La obligaron a dormir con el Duque en “coma” para darle calor… PERO él sentía cada caricia

La obligaron a dormir con el Duque en “coma” para darle calor… PERO él sentía cada caricia

En las cumbres frías de la Sierra Madre, donde la nieve parecía rezar sobre los pinos y el viento golpeaba las ventanas como un ejército de almas perdidas, se alzaba el castillo de San Gabriel de la Niebla. No era un palacio alegre, sino una fortaleza antigua, levantada en tiempos del virreinato, con torres negras, corredores de piedra y una capilla donde las velas nunca lograban vencer del todo a la oscuridad.

Los campesinos del valle no miraban hacia aquel castillo sin persignarse. Decían que allí dormía un hombre que no podía morir.

Don Alonso de Montefrío, marqués de San Gabriel, llevaba 6 meses tendido en su cama, inmóvil como una estatua de mármol. Su piel estaba fría, sus labios azulados, su respiración era tan débil que a veces los criados ponían un espejo junto a su boca para asegurarse de que seguía vivo. El doctor Valdés lo llamaba “mal de hielo”, una enfermedad rara que había apagado la sangre del marqués sin llevarse su alma.

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Pero nadie sabía la verdad.

Don Alonso no dormía.

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Lo escuchaba todo.

Sentía el frío mordiéndole los huesos, sentía las agujas del médico, sentía las manos torpes que cambiaban sus sábanas, sentía cada palabra cruel pronunciada junto a su lecho. Su mente estaba despierta dentro de un cuerpo muerto. Y lo peor era que recordaba perfectamente la noche en que su tía, doña Leonor de la Serna, le ofreció una copa de vino especiado y sonrió mientras él perdía la fuerza de las piernas.

—Pronto descansarás, sobrino —le había susurrado—. Y yo cuidaré tus tierras mejor que tú.

Desde entonces, Alonso vivía preso en su propia carne, escuchando cómo doña Leonor planeaba heredar el marquesado, vender las minas, despedir a los viejos servidores y borrar su nombre como si jamás hubiera existido.

Una tarde de tormenta llegó al castillo una joven en una carreta cubierta, envuelta en un rebozo oscuro. Se llamaba Catalina Arriaga. Era hija de un relojero de Puebla que había perdido su taller por una deuda injusta. Su padre, desesperado, había firmado un contrato con la administración del castillo: Catalina serviría allí durante el invierno, y a cambio su familia sería salvada de la prisión de deudores.

Catalina pensó que la habían contratado como lectora, enfermera o acompañante de una dama enferma. Pero al cruzar el vestíbulo de piedra, comprendió que algo no estaba bien. No había música, no había risas, no había calor humano. Solo antorchas temblando y criados que bajaban la mirada.

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La recibió Josefa, el ama de llaves, una mujer seca, de rostro duro.

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—No hagas preguntas —le dijo—. Aquí se obedece.

La llevó hasta una habitación inmensa, cubierta de tapices viejos y cortinas pesadas. Allí estaba el doctor Valdés, con un frasco de vidrio morado entre los dedos.

—El marqués no produce calor —explicó con voz baja—. El fuego de la chimenea no basta. Las mantas tampoco. Necesita calor humano directo para sobrevivir.

Catalina tardó en entender.

Cuando lo hizo, retrocedió horrorizada.

—No puedo hacer eso.

—Tu padre ya firmó —dijo el médico, sin mirarla a los ojos—. Si te niegas, mañana mismo irá a la cárcel.

Josefa añadió con desprecio:

—No seas melodramática. Don Alonso no siente nada. Es casi un cadáver.

Catalina sintió que el orgullo se le quebraba dentro del pecho. Pensó en su madre enferma, en su padre arrodillado ante los acreedores, en sus hermanos pequeños mirando la puerta con hambre. Tragó sus lágrimas y aceptó.

Esa primera noche, al acercarse al lecho, vio por fin el rostro del marqués. Era un hombre de unos 35 años, de facciones firmes, barba oscura y pestañas largas. Incluso inmóvil, conservaba una nobleza dolorosa, como si hubiera sido vencido en batalla pero no humillado.

Catalina se deslizó bajo las mantas con un camisón de lino grueso y se acercó a él solo lo necesario. El contacto la hizo estremecerse. La piel de Alonso era hielo. No frío: hielo verdadero, profundo, como agua de montaña convertida en piedra.

Pero Catalina no se apartó.

—Perdóneme, mi señor —susurró, avergonzada—. No sé si puede oírme, pero no quiero hacerle daño.

Dentro de su prisión, Alonso escuchó aquella voz y sintió algo que no había sentido en 6 meses: compasión. Al principio creyó que ella era otra herramienta de su tía, otra humillación. Pero el temblor de Catalina, su vergüenza, la forma en que le pedía perdón a un hombre que todos trataban como objeto, le revelaron otra cosa.

Ella también era prisionera.

Durante las noches siguientes, Catalina comenzó a hablarle. Le contaba del taller de relojes de su padre, del olor a pan caliente en Puebla, de las campanas de las iglesias al amanecer. A veces le leía viejos poemas de la biblioteca. Otras veces solo le tomaba la mano y rezaba.

El calor de Catalina empezó a despertar algo en el cuerpo de Alonso. Primero fue un hormigueo en los dedos. Luego, una punzada en el pecho. Una madrugada, mientras ella dormía con la mano sobre su muñeca, él concentró toda su voluntad en mover un dedo.

Lo logró apenas un instante.

Catalina despertó sobresaltada.

—¿Mi señor?

Alonso quiso abrir los ojos, quiso gritar que estaba vivo, que no la dejara ir, que tuviera cuidado con Leonor. Pero su cuerpo volvió a encerrarlo.

Catalina se quedó mirándolo largo rato. Luego acarició su mano.

—Yo sé que está ahí —murmuró—. No sé cómo, pero lo sé.

Desde aquel día ya no lo cuidó por obligación. Lo cuidó como si custodiara una llama pequeña en medio de un vendaval.

Doña Leonor notó el cambio.

Entró una tarde sin anunciarse, cubierta con un vestido negro de seda, y vio a Catalina acomodando las mantas del marqués con una ternura que la enfureció.

—Qué escena tan conmovedora —dijo con una sonrisa venenosa—. La hija del relojero enamorada de un cuerpo frío.

Catalina bajó la mirada, pero no se apartó.

—Don Alonso vive.

—Don Alonso estorba —respondió Leonor—. Y tú también, si empiezas a creer cuentos.

La amenaza quedó flotando en la habitación.

Aquella misma noche, Catalina vio al doctor Valdés preparar la medicina del marqués. El líquido morado tenía un olor dulce y metálico. La joven lo reconoció de inmediato: su abuela había tenido en el jardín una planta prohibida, conocida como matalobos. Una sola gota podía paralizar un cuerpo. Varias podían detener un corazón.

Cuando el médico salió, Catalina tomó el frasco vacío y lo olió de nuevo. El mundo se le cayó encima.

No estaban curando a Alonso.

Lo estaban envenenando cada día.

Corrió a la cama y tomó su mano helada.

—Ya lo sé —susurró, con lágrimas de rabia—. Sé lo que le hacen. Le juro por la Virgen que no volverán a darle esa inmundicia.

Alonso la escuchó. Su corazón, lento durante meses, dio un golpe fuerte.

A la mañana siguiente, Catalina se interpuso entre el doctor y la cama.

—Hoy no le dará nada.

Valdés palideció.

Josefa dio un paso hacia ella.

—Quítate, muchacha.

—Es veneno —dijo Catalina—. Quiero que venga otro médico.

La puerta se abrió de golpe. Doña Leonor entró con el rostro endurecido.

—Así que la sirvienta aprendió a acusar.

Antes de que Catalina pudiera responder, Leonor la agarró del cabello y la tiró al suelo. El golpe resonó contra la madera. Alonso sintió aquel dolor como si le hubieran clavado una espada en el pecho.

—Dale la dosis —ordenó Leonor.

Valdés obedeció. El líquido morado cayó en la garganta del marqués. Catalina, desde el suelo, lloró de impotencia.

—Perdóneme —sollozó—. Le fallé.

Pero aquella dosis, pensada para un cuerpo dormido, encontró un cuerpo que ya ardía por dentro. El calor de Catalina, su cuidado y la furia de Alonso comenzaron a devorar el veneno.

Esa tarde, cuando la habitación quedó cerrada con llave, Alonso abrió los ojos.

Catalina estaba dormida junto a la cama, con la mejilla manchada de lágrimas. Él movió la mano con un esfuerzo terrible y apretó sus dedos.

Ella despertó.

Al ver aquellos ojos grises, vivos y conscientes, se cubrió la boca para no gritar.

—Don Alonso…

Él intentó hablar, pero su voz salió rota.

—No… llores.

Catalina rompió en llanto, pero esta vez de alegría.

—Está vivo. Dios mío, está vivo.

—Escúchame —susurró él—. Deben creer que sigo dormido. Mi tía vendrá mañana con un notario. Quiere tomar mis bienes… y después matarme.

—No lo permitiré.

—En el armario… detrás del panel del águila… hay una espada y un antídoto.

Catalina obedeció antes de que el miedo pudiera detenerla. Encontró el panel oculto y, dentro, una espada antigua envuelta en terciopelo rojo junto a un pequeño frasco azul. Le dio el antídoto a Alonso, y durante horas sostuvo su cuerpo mientras él temblaba de dolor, ahogando sus gemidos contra su hombro.

—Resista —le repetía—. Resista por usted. Resista por mí.

Al amanecer, Alonso ya no era un cadáver. Estaba débil, pálido, pero sus ojos tenían fuego.

—Hoy —dijo— los muertos juzgarán a los vivos.

Poco después entraron doña Leonor, Josefa, el doctor Valdés y un notario tembloroso. Leonor sonreía como quien ya ha ganado.

—Mi pobre sobrino firmará hoy el traspaso de sus poderes —anunció—. Luego el doctor le dará paz.

Catalina fingió miedo, tal como Alonso le había pedido. Pero cuando Valdés sacó una jeringa con líquido transparente, ella se interpuso.

—No.

Leonor alzó la mano para golpearla.

Entonces una voz ronca llenó la habitación.

—Si la tocas, perderás esa mano.

Todos se quedaron inmóviles.

Don Alonso de Montefrío se incorporó lentamente en la cama. Las mantas cayeron de sus hombros. En su mano derecha brillaba la espada antigua de su linaje.

Doña Leonor retrocedió como si hubiera visto levantarse a un muerto.

—No puede ser…

—Entraste en mi habitación esperando encontrar un cadáver —dijo Alonso—. Pero olvidaste algo, tía: el hielo conserva, pero el fuego despierta.

El notario cayó de rodillas. Valdés soltó la jeringa. Josefa intentó huir, pero los guardias, llamados por la voz de su verdadero señor, entraron y se arrodillaron ante Alonso.

La sentencia fue clara. Doña Leonor y Josefa serían desterradas a un convento austero en las montañas del norte, donde pasarían sus días bajo el mismo frío que quisieron usar como arma. El doctor Valdés sería entregado a la justicia del virrey por intento de asesinato. Los documentos falsos fueron quemados en la chimenea.

Cuando todos salieron, Alonso dejó caer la espada. Sus piernas fallaron. Catalina corrió y lo sostuvo antes de que cayera.

—Lo tengo —susurró ella, abrazándolo—. Ahora yo lo tengo.

Él apoyó la frente en su hombro.

—Me salvaste.

—Usted también me salvó a mí.

Semanas después, el castillo de San Gabriel cambió. Las ventanas se abrieron. Los criados volvieron a cantar en las cocinas. El padre de Catalina recuperó su taller, pagado por el propio marqués. Pero cuando Alonso ofreció a Catalina una bolsa de oro para que pudiera marcharse libre, ella no la tomó.

—¿Quiere que me vaya? —preguntó con tristeza.

Alonso, todavía apoyado en un bastón, se arrodilló ante ella.

—No te ofrezco un contrato, Catalina. Te ofrezco mi nombre, mi casa y este corazón que volvió a latir por ti. Si aceptas quedarte, no será como sirvienta ni como deuda. Será como mi esposa.

Catalina lloró, pero sonrió.

—Acepto, Alonso. Nunca quise irme.

Se casaron al llegar la primavera, cuando la nieve comenzó a derretirse en los tejados del castillo. Y desde entonces, la gente del valle dejó de persignarse al mirar hacia San Gabriel de la Niebla. Decían que allí ya no vivía un muerto, sino un marqués que había regresado del hielo porque una joven valiente le prestó su fuego.

Y cuando las noches volvían a ponerse frías, Alonso tomaba la mano de Catalina, la acercaba a su pecho y le decía siempre lo mismo:

—Aquí sigue ardiendo lo que tú encendiste.

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