
PARTE 1
—¡No te acerques, mamá! ¡Vienes hecha un asco y vas a enfermar a mi hijo!
El grito de Daniel retumbó en el pasillo del Hospital Santa Elena como si alguien hubiera estrellado un plato contra el piso. Varias personas voltearon. Una enfermera se quedó inmóvil con una carpeta en las manos. Y Carmen, con una bolsita de regalo apretada contra el pecho, sintió que el mundo se le hacía chiquito.
Había llegado directo desde la colonia Del Valle, donde limpiaba departamentos de lunes a sábado. No pasó a su casa en Iztapalapa porque apenas recibió el mensaje de su hijo, se subió al Metro con las piernas temblando de emoción.
“Ya nació. Es niño. Todo bien.”
Eso fue todo lo que Daniel escribió. Ni “ven”, ni “te esperamos”, ni “mamá, ya eres abuela”. Pero Carmen no quiso darle importancia. Era su primer nieto. Había esperado ese momento desde que Daniel le contó, meses atrás, que Valeria estaba embarazada.
En la bolsa llevaba una cobijita tejida por ella en azul cielo, un trajecito comprado en el tianguis pero escogido con amor, una medallita de la Virgen de Guadalupe y un sobre con quinientos pesos que había guardado de sus propinas. También llevaba una tarjeta escrita con letra temblorosa: “Mateo, tu abuela te amó desde antes de verte.”
Antes de subir al cuarto piso, Carmen fue al baño del hospital. Se lavó las manos tres veces. Se acomodó el cabello canoso. Se cambió el cubrebocas. Miró su uniforme gris, manchado de cloro en una manga, y sintió vergüenza por un segundo. Pero luego se dijo que no iba a una fiesta elegante. Iba a conocer a su sangre.
Cuando llegó a la habitación 418, Daniel salió antes de que ella tocara la puerta. Se plantó frente a ella como guardia de antro.
—Mijo —dijo Carmen, sonriendo con esfuerzo—. Vine a ver al bebé. Nomás tantito. No voy a molestar.
Daniel no la abrazó. Ni siquiera le preguntó cómo llegó. Solo la miró de arriba abajo: los zapatos gastados, la bolsa vieja, las uñas cortas, la ropa de trabajo.
—¿Quién te dijo que vinieras?
Carmen sintió un golpe frío en el estómago.
—Pues… me avisaste que ya había nacido.
—Te avisé, no te invité.
La frase fue peor que una cachetada. Carmen intentó seguir sonriendo, como hacen muchas madres cuando todavía creen que una mala palabra de un hijo se puede suavizar con paciencia.
—Daniel, soy tu mamá. Solo quiero verlo. Si Valeria está cansada, lo entiendo. Me paro en la puerta y ya.
—No entiendes nada. Siempre quieres meterte donde no te llaman.
—No vengo a meterme. Traje unas cositas para Mateo.
Daniel soltó una risa seca.
—¿Esas porquerías?
Carmen bajó la mirada a la bolsa.
—Las compré con mucho cariño.
—El cariño no quita lo mugrosa.
Todo el pasillo pareció quedarse sin aire.
—No digas eso, hijo —susurró ella.
Pero Daniel ya no se detuvo.
—Vienes oliendo a cloro, con ese uniforme de sirvienta, y quieres acercarte a un recién nacido. ¿No te da pena? ¿Qué van a decir los papás de Valeria si te ven así?
Carmen sintió que la cara le ardía. No por el trabajo. Ella nunca se avergonzó de limpiar casas. Con eso pagó útiles, uniformes, medicinas, colegiaturas y hasta los zapatos caros que Daniel usó cuando empezó su primer empleo en Santa Fe. Lo que dolía era que su propio hijo lo usara como insulto.
—Yo te saqué adelante con estas manos —dijo, levantándolas apenas.
Daniel le arrebató la bolsa y la tiró al suelo.
La cobijita cayó abierta sobre el piso brillante. La medallita rodó debajo de una silla. El trajecito se salió del empaque. El sobre quedó pisado junto a la pared.
—¡Ya te dije que te largues!
Carmen se agachó, desesperada, para recoger las cosas. En ese instante, Daniel la empujó del hombro. No fue un empujón leve. Fue fuerte, seco, lleno de rabia.
Ella perdió el equilibrio. Su zapato resbaló. Cayó de costado y golpeó la muñeca contra el piso. El dolor le subió hasta el codo, pero más fuerte fue la vergüenza de verse ahí, tirada frente a desconocidos, mientras su hijo no movía un dedo.
Una enfermera corrió hacia ella.
—Señora, ¿está bien? No se levante.
Daniel murmuró:
—Siempre haciendo drama.
Carmen levantó la vista. Vio a su hijo parado frente a ella, limpio, bien vestido, perfumado, con esa cara dura de hombre que ya decidió que su madre le estorba.
Y mientras una desconocida recogía la cobijita del suelo con más cuidado que él, Carmen entendió algo que le rompió el alma.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
En urgencias, Carmen pasó casi tres horas sentada en una silla de plástico, con la muñeca vendada y una bolsa de hielo sobre la cadera. El médico le dijo que tenía una fisura pequeña, nada grave, pero que debía descansar y evitar cargar peso por varias semanas.
Carmen casi se rió.
¿Descansar? Ella no sabía hacer eso. Desde que su esposo murió, quince años atrás, había vivido trabajando. Primero vendiendo tamales en la esquina. Luego limpiando oficinas. Después cuidando a una señora enferma en Coyoacán. Daniel tenía trece años cuando su papá faltó, y Carmen se prometió que a ese niño no le iba a faltar nada.
No le faltó.
Le compró celular cuando todos sus compañeros ya tenían uno. Le pagó cursos de inglés. Vendió las pocas joyas que le quedaban para ayudarlo con la universidad. Cuando Daniel consiguió trabajo en una empresa grande, ella lloró de orgullo en silencio, porque él le pidió que no fuera a la ceremonia de reconocimiento.
“Es algo sencillo, mamá. No hace falta.”
Pero después vio fotos en Facebook. Valeria estaba ahí. Los suegros también. Carmen no.
Aun así, lo justificó.
“Está ocupado.”
“Se le olvidó.”
“Los hijos cambian, pero luego regresan.”
Esa noche, mientras esperaba un mensaje que nunca llegó, recibió una llamada de su hija menor, Mariana.
—Mamá, ¿dónde estás? Me dijo mi tía Lupita que hubo un problema en el hospital.
Carmen no quería preocuparla, pero apenas escuchó su voz, se quebró.
Mariana llegó en menos de cuarenta minutos. Entró a urgencias con el cabello recogido, uniforme de enfermera del IMSS y los ojos llenos de coraje. Cuando vio la muñeca vendada de su madre, apretó la mandíbula.
—¿Daniel te hizo esto?
Carmen bajó la mirada.
—Se enojó. Estaba nervioso. Acaba de ser papá.
—No, mamá. No lo defiendas otra vez.
Mariana la llevó a casa, le preparó café de olla y le acomodó almohadas en el sillón. No dijo “te lo advertí”, aunque tenía derecho. Durante años, Mariana había visto cómo Daniel llamaba solo cuando necesitaba dinero, cómo se burlaba del barrio donde crecieron, cómo presentaba a Carmen como “una señora que nos ayudó mucho” cuando sus amigos elegantes preguntaban por ella.
Al día siguiente, las mentiras comenzaron a circular.
Una prima llamó para decir que Daniel estaba contando otra versión: que Carmen había llegado agresiva, que quiso cargar al bebé sin lavarse, que se puso histérica porque Valeria no quería visitas, que se resbaló sola y luego armó un escándalo.
Carmen escuchó sin responder. Colgó con una calma extraña. Ya no le sorprendía la crueldad, sino la facilidad con que todos querían creerle a él.
Dos días después, mientras intentaba peinarse con una sola mano, sonó su celular. Era Valeria.
Carmen dudó. Nunca habían sido cercanas. Valeria siempre fue educada, pero distante. Hablaba bonito, sonreía poco y miraba a Daniel antes de contestar cualquier cosa.
—¿Bueno?
Del otro lado se escuchó un llanto ahogado.
—Doña Carmen… perdóneme. Por favor, perdóneme.
Carmen se quedó quieta.
—Valeria, ¿qué pasó?
—Daniel me mintió. Me dijo que usted había llegado gritando, que quería meterse al cuarto a la fuerza. Yo estaba medicada, agotada, apenas podía sentarme. Le creí.
Carmen cerró los ojos.
—Tú acababas de parir, hija. No tenías por qué saber.
Valeria respiró con dificultad.
—Una enfermera me contó que no fue así. Y después vi el video de seguridad.
El corazón de Carmen se detuvo por un segundo.
—¿Qué video?
—El del pasillo. Se ve todo. Cómo tira la bolsa. Cómo la empuja. Cómo usted cae. Cómo él se queda ahí, mirándola.
Carmen sintió que la herida volvía a abrirse, pero esta vez con testigo.
Valeria siguió hablando, cada palabra más temblorosa que la anterior.
—Me fui de la casa, doña Carmen. Estoy con mi hermana en Ecatepec. Me llevé a Mateo. No quiero que mi hijo crezca viendo a su papá tratar así a una mujer. Menos a su propia madre.
Carmen apretó el celular contra su oreja.
—¿Daniel sabe?
—Sí. Está furioso. Dice que usted me manipuló. Dice que Mariana le metió ideas. Dice que todos quieren quitarle a su hijo.
—Yo no quiero quitarle nada.
—Lo sé. Pero hay algo más.
Carmen sintió un escalofrío.
—¿Qué cosa?
Valeria bajó la voz.
—Daniel no estaba enojado solo porque usted llegó con uniforme. Estaba enojado porque esa mañana recibió una llamada del licenciado Robles. Escuché cuando le dijo a su amigo que usted iba a cambiar el testamento… y que tenía que impedir que usted se acercara a Mateo antes de que todo se saliera de control.
Carmen se quedó muda.
Entonces entendió que aquello no había sido un arranque.
Había sido miedo. Ambición. Cálculo.
Y justo cuando Valeria estaba a punto de contarle lo que Daniel planeaba hacer con la casa de Iztapalapa, la llamada se cortó.
Carmen se quedó mirando la pantalla apagada, sabiendo que si quería sobrevivir a esa verdad, tendría que escuchar hasta el final.
PARTE 3
Carmen no durmió esa noche.
Se quedó sentada junto a la ventana de su sala, con la muñeca vendada sobre una almohada y el celular en la otra mano, esperando que Valeria volviera a llamar. Afuera, los perros ladraban de vez en cuando. Un vendedor pasó tarde gritando tamales, y por un instante Carmen recordó cuando ella hacía lo mismo, cargando una vaporera enorme antes de que amaneciera, con Daniel dormido en casa y Mariana ayudándole a doblar servilletas.
“Todo fue para ellos”, pensó.
Pero esa frase, que antes le daba consuelo, esa noche le pesó como piedra.
A las siete de la mañana, Mariana llegó con pan dulce y una bolsa de medicamentos. Encontró a su madre despierta, con los ojos hinchados.
—Mamá, ¿qué pasó?
Carmen le contó todo. La llamada de Valeria. El video. La frase sobre el testamento. El silencio antes de que la llamada se cortara.
Mariana dejó el pan sobre la mesa sin abrir.
—Te lo dije muchas veces. Daniel no solo es grosero. Daniel calcula.
Carmen no contestó. Le dolía aceptar que la hija a la que menos escuchó era la que llevaba años viendo con más claridad.
A media mañana, Valeria llamó de nuevo. Esta vez habló más tranquila, pero su voz seguía rota.
—Perdón, doña Carmen. Mi celular se apagó. No tengo cargador aquí, tuve que pedir uno prestado.
—No te preocupes, hija. Dime qué pasó.
Valeria guardó silencio unos segundos.
—Daniel quería convencerla de poner la casa a su nombre antes de que usted enfermara o “se dejara manipular por Mariana”. Así lo dijo. Me lo repitió varias veces durante el embarazo. Decía que usted ya estaba grande, que algún día iba a necesitar cuidados, y que lo más práctico era que él administrara todo.
Carmen sintió náusea.
—Nunca me lo pidió así.
—Porque quería hacerlo poco a poco. Primero llevarla con un notario conocido suyo. Luego decirle que era para protegerla. Luego hacerla firmar.
Mariana, que escuchaba en altavoz, cerró los puños.
—¿Y Mateo? —preguntó Carmen—. ¿Qué tiene que ver mi nieto?
Valeria empezó a llorar otra vez.
—Él decía que si usted se encariñaba demasiado con el bebé, iba a usar eso para meterse en nuestras vidas. Pero ahora entiendo que era al revés. Él quería usar a Mateo para controlarla a usted.
Carmen se llevó la mano sana al pecho.
Ahí estaba la verdad completa: Daniel no la había humillado solo por vergüenza. La había castigado por no ocupar el lugar que él quería darle. Vieja útil, pero invisible. Madre sacrificada, pero callada. Abuela cuando él lo permitiera. Dueña de bienes solo hasta que él encontrara la forma de quitárselos.
Esa misma tarde, Carmen llamó al licenciado Robles, el notario de confianza que había llevado los papeles de su esposo años atrás.
—Licenciado, necesito adelantar la cita.
—Doña Carmen, la tenía programada para el lunes.
—No. Tiene que ser mañana. Y necesito cambiar todo.
El notario no preguntó demasiado. Tal vez reconoció en su voz esa firmeza que aparece cuando una mujer ya lloró lo suficiente.
Al día siguiente, Mariana la acompañó al despacho en la colonia Roma. Carmen llevó una carpeta vieja con escrituras, recibos, actas de nacimiento y papeles guardados en bolsas de plástico. Se sentó frente al escritorio del licenciado Robles con el cuerpo adolorido, pero la mirada firme.
—Quiero dejar claro que Daniel no será heredero principal de la casa —dijo.
Mariana la miró de reojo, sorprendida por la seguridad.
El notario acomodó sus lentes.
—¿Está segura, doña Carmen?
Carmen respiró hondo.
—Más segura que nunca.
Tenía una casa en Iztapalapa, pequeña pero propia. Un terrenito en Morelos que su esposo había comprado cuando soñaba con jubilarse y sembrar limones. Un localito en un mercado donde una vecina vendía ropa y le pagaba renta cada mes. No era riqueza de telenovela. Era una vida entera de levantarse antes que todos, de ahorrar monedas, de no comprar zapatos nuevos para pagar colegiaturas, de decir “yo no tengo hambre” cuando la comida no alcanzaba.
Durante años, Carmen pensó dejarle la mayor parte a Daniel porque era el hijo varón, porque “él sabría administrar”, porque la familia siempre repetía que Mariana, por ser mujer, “se acomodaría”. Pero Mariana nunca se acomodó. Mariana trabajó, cuidó, acompañó. Mariana fue la que llevó a Carmen al doctor, la que pagó medicamentos cuando Daniel no contestó, la que pasó cumpleaños enteros con ella aunque saliera cansada del hospital.
—Quiero que Mariana reciba la casa —continuó Carmen—. No para que me cuide por interés, sino porque ya me ha cuidado sin esperar nada. El local será para ella también, pero con la condición de que, mientras yo viva, la renta me ayude a mantenerme.
El licenciado tomó nota.
—¿Y el terreno?
Carmen tragó saliva.
—Quiero venderlo cuando sea necesario para crear un fondo para mi nieto Mateo. Pero nadie, ni Daniel ni Valeria ni Mariana, podrá tocar ese dinero antes de que él cumpla treinta años. Será para sus estudios, para una emergencia real o para cuando él sea adulto y pueda decidir.
Mariana asintió en silencio.
—También quiero donar una parte a una casa de apoyo para mujeres mayores abandonadas —añadió Carmen—. De esas que terminan solas porque sus hijos creen que ya no sirven.
El notario levantó la vista. No dijo nada, pero su expresión cambió.
—Se puede hacer, doña Carmen.
Cuando terminó de firmar, Carmen sintió una punzada en el pecho. No era felicidad. Era duelo. Porque poner un límite también duele cuando una todavía ama a quien lo hizo necesario.
La noticia llegó a Daniel antes de lo que esperaba.
Esa noche llamó doce veces. Carmen no contestó. Luego llegaron mensajes.
“¿Qué te hizo Mariana?”
“Te están manipulando.”
“Todo esto por un empujoncito.”
“Eres mi madre, no puedes hacerme esto.”
“Mateo es tu nieto. Piénsalo bien.”
Carmen leyó cada mensaje con las manos frías. En ninguno encontró una disculpa. Ni una sola palabra sobre el piso del hospital, ni sobre la bolsa rota, ni sobre la cobijita, ni sobre la vergüenza. Solo enojo porque las consecuencias tocaron su bolsillo.
Dos días después, Valeria apareció en casa de Carmen.
Llevaba a Mateo envuelto en una mantita amarilla. Tenía ojeras profundas, el cabello amarrado sin cuidado y una pañalera enorme colgada del hombro. Se veía agotada, pero de pie.
Carmen abrió la puerta y se quedó sin aire.
El bebé dormía con la boca entreabierta, diminuto, ajeno al desastre de los adultos.
—No quería que la primera vez que lo viera siguiera manchada por lo que pasó —dijo Valeria.
Carmen empezó a llorar.
—¿Puedo cargarlo?
Valeria sonrió apenas.
—Claro. Usted es su abuela.
Cuando Carmen sostuvo a Mateo, algo dentro de ella se rompió y se acomodó al mismo tiempo. El bebé olía a leche, a jabón, a vida nueva. Movió una manita y le apretó un dedo con fuerza sorprendente. Carmen bajó la frente hasta tocarlo suavemente.
—Hola, mi niño —susurró—. Perdón por haberte conocido entre tanta tristeza.
Mariana llegó poco después con sopa de fideo y tortillas calientes. Las tres mujeres comieron en silencio al principio. Luego Valeria contó más cosas. Que Daniel controlaba con comentarios pequeños. Que se burlaba de su cuerpo después del embarazo. Que le revisaba el celular “por confianza”. Que frente a otros era encantador, pero en casa sabía convertir cualquier queja en culpa.
—Yo creí que con el bebé iba a cambiar —dijo Valeria—. Pero cuando vi lo que le hizo a usted, entendí que no era estrés. Era él.
Carmen la escuchó con el corazón apretado. Reconoció demasiadas cosas. Su esposo, aunque trabajador, también había tenido arranques duros. Gritos. Silencios castigadores. Frases que ella aprendió a perdonar porque “así eran los hombres”. Sin querer, Carmen le enseñó a Daniel que una mujer que ama aguanta. Y Daniel aprendió demasiado bien.
—Yo también me equivoqué —admitió Carmen—. Lo puse por encima de todo. A veces hasta por encima de Mariana. Pensé que darle más era quererlo mejor.
Mariana, sentada frente a ella, bajó la mirada.
—Yo no necesito que me pidas perdón todos los días, mamá. Pero sí necesito que ya no lo defiendas.
Carmen extendió la mano sana y tomó la de su hija.
—Ya no.
Los meses siguientes no fueron fáciles.
Daniel intentó recuperar terreno de todas las formas posibles. Primero con enojo. Luego con lágrimas. Después con amenazas disfrazadas de tristeza.
Un día escribió:
“Si sigues así, nunca vas a volver a ver a Mateo.”
Pero Valeria ya no vivía con él, y esa amenaza perdió fuerza. Otro día mandó a la tía Lupita a decir que Carmen estaba destruyendo a la familia por dinero. Un primo opinó que una madre debía perdonar todo. Una vecina insinuó que Valeria exageraba porque las mujeres jóvenes “ya no aguantan nada”.
Carmen escuchó muchas frases. Algunas le dolieron. Otras le dieron rabia. Pero ninguna la hizo retroceder.
Cada sábado, Valeria llevaba a Mateo a verla. A veces también iba Mariana. Cocinaban mole de olla, arroz rojo o quesadillas de flor de calabaza. Carmen sacó la cobijita azul, la lavó con cuidado y por fin cubrió con ella a su nieto durante las siestas. La medallita de la Virgen quedó guardada en una cajita para cuando Mateo creciera.
Un sábado por la tarde, mientras el niño dormía, Carmen miró a las dos mujeres sentadas en su sala y sintió algo que no había sentido en años: paz.
No perfecta. No completa. Pero paz.
Casi ocho meses después del nacimiento de Mateo, Daniel apareció sin avisar.
Carmen lo vio por la ventana. Traía camisa cara, barba descuidada y una expresión que mezclaba cansancio con orgullo herido. Por un segundo, el corazón de madre le brincó. Quiso abrir la puerta y abrazarlo. Quiso creer que venía a pedir perdón.
Pero luego recordó el pasillo del hospital.
La bolsa rota.
La cobijita en el suelo.
La frase: “vienes hecha un asco”.
Abrió la puerta, pero dejó puesta la cadena.
—Vine a hablar —dijo Daniel.
—Te escucho.
Él miró la cadena con molestia.
—¿Así me recibes?
—Así recibo a quien todavía no sé si viene en paz.
Daniel soltó una risa amarga.
—Mamá, ya estuvo. Todo esto se salió de control. Valeria se fue, Mariana te llenó la cabeza, tú cambiaste el testamento. ¿No crees que exageraste?
Carmen sintió una tristeza profunda. No venía a disculparse. Venía a negociar.
—¿Eso piensas? ¿Que exageré?
—Estaba nervioso. Acababa de nacer mi hijo. Tú llegaste en mal momento, vestida así, queriendo meterte…
—Cuidado —lo interrumpió Carmen.
Daniel se quedó callado, sorprendido. Carmen nunca lo había interrumpido así.
—No vas a volver a usar mi trabajo para humillarme. Con ese uniforme comiste. Con esas manos estudiastes. Con esos zapatos que te daban pena, yo caminé años para que tú pudieras subirte a oficinas con aire acondicionado.
Daniel apretó la mandíbula.
—Entonces sí es venganza.
—No. Es consecuencia.
—Soy tu hijo.
—Y yo soy tu madre. Pero ser madre no significa dejarme pisotear.
Daniel cambió el tono. Se le endureció la cara.
—Mariana se va a quedar con todo, ¿no? Eso quería desde siempre.
—Mariana no me empujó. Mariana no mintió. Mariana no me llamó mugrosa frente a desconocidos.
Él miró hacia la calle, furioso.
—¿Y Mateo?
—Mateo tiene asegurado lo suyo. Protegido de todos, incluso de ti.
Daniel dio un paso hacia la puerta.
—Me estás dejando sin nada.
Carmen lo miró con lágrimas, pero sin bajar la cabeza.
—No, Daniel. Tú te fuiste quedando sin nosotros cada vez que elegiste la soberbia en lugar del amor.
Hubo un silencio largo.
Por primera vez, Daniel pareció no tener una respuesta lista. Pero tampoco pidió perdón. Solo sacudió la cabeza.
—Un día te vas a arrepentir.
Carmen sintió que esa frase ya no tenía el poder de antes.
—Tal vez me arrepienta de muchas cosas. De haberte consentido demasiado. De haber callado cuando humillabas a tu hermana. De haber confundido tus logros con tu corazón. Pero no me voy a arrepentir de haberme escogido por primera vez.
Daniel se fue sin despedirse.
Carmen cerró la puerta despacio. Lloró, sí. Lloró por el niño que Daniel había sido, por el hombre en que se convirtió, por todos los años que ella maquilló la verdad para no sentir que había perdido a su hijo. Pero no abrió la puerta. No corrió detrás de él. No convirtió su dolor en rendición.
Hoy, cuando Mateo gatea por la sala persiguiendo una pelota de plástico, Carmen lo mira y entiende que la familia no siempre es la que exige perdón sin cambiar. A veces la familia es la hija que llega con medicina sin hacer preguntas. La nuera que decide romper el ciclo antes de que su hijo aprenda a repetirlo. El nieto que aprieta un dedo sin saber que está sosteniendo una historia entera.
La gente siguió opinando. Que ninguna casa vale más que un hijo. Que las madres deben aguantar. Que Daniel “solo tuvo un mal día”. Que Carmen se volvió dura con la edad.
Ella ya no discute. Solo piensa que un mal día no inventa una crueldad que no existía. Solo la deja salir.
A veces, cuando le duele la muñeca con el frío, recuerda el piso blanco del hospital. Recuerda las luces encima de su cara. Recuerda a Daniel parado sin ayudarla. Pero ya no piensa solo en la caída.
Piensa en el momento en que, tirada en el suelo, entendió que todavía podía levantarse de algo más grande que un empujón.
Podía levantarse de años de culpa.
De años de silencio.
De años de creer que una madre vale por cuánto soporta.
Y si alguien le pregunta por qué cambió su testamento, Carmen responde sin vergüenza:
—Porque mi herencia no era solo una casa. Era mi dignidad. Y esa ya no se la dejo a quien quiso pisarla.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.